Y como afirmación de aquella frase, una mujer apareció en la senda. Sola y gentil llegaba. Gracián se le acercó, con un requiebro atrevido en la boca, y solamente pronunció, despacio y con asombro:
—¡Tú... María!...
Luego, su atropellada curiosidad la colmó de preguntas, pero ella, sin detener el paso ni conceder importancia á las incertidumbres de su esposo, explicó indiferente:
—Fuí á rezar á la ermita de la Patrona, me entretuve demasiado, y al tiempo de volver, llovía mucho. La ermitaña no me dejó salir; la pobre me dió de su comida lo mejor, y me retuvo allá mientras duró la tormenta. Me acompañó luego hasta el llano, y no he permitido que llegase aquí porque me daba pena que de noche volviese al monte sola; dejó al nene que cría, dormidito en la cuna, cerrado en casa, al cuidado de la niña mayor...; su marido está en Reinosa, serrando madera...
Hablaba con suma tranquilidad, dulce como siempre la voz, con flexibles cadencias argentinas.
Una turbación grande paralizaba la lengua de Gracián; disimulando sus villanas suposiciones, sin saber que decir, la preguntaba:
—¿Y no tuviste miedo?
—No; que la vega la conozco tanto como mi casa, y aquí todos me quieren. Sólo junto al molino me asusté un poco; trepidaba el tablón, resbaladizo, y parecía que en la corriente una mujer llorase.
—Voces que el agua finge.
—Sí; es la vida que llora...