Recobrando su aplomo, Gracián dijo:
—¿Sabes que Villamor se marchó esta mañana?
—Ya lo sé—repuso María muy serena. Y ya sólo entreabrió los labios en breves contestaciones á la charla nerviosa de Gracián.
Llegaron á la casa, donde fué recibida la señora con inaudita sorpresa, como un ánima del otro mundo. El esposo, á guisa de pública reparación contra los insolentes rumores que el mismo provocara, la anunció desde la puerta, gritando muy alegre:
—Aquí está, sana y buena; se estuvo todo el día rezando en la ermita de la Patrona.—Y, compasivamente, murmuraba en íntimo soliloquio:—¡Pobrecilla, es una infeliz!
Lali, cansada de llorar, se había dormido, vestida, sobre la cama; quiso desnudarla su madre, y, al hacerlo, la nena abrió los ojos, dilatados por ardiente alegría. Acariciando el hermoso semblante que se inclinaba sobre ella, balbució:
—¿Te perdiste?
Con un soplo de voz la dama dijo:
—¿Perderme?... Tú me guardas.
—¿Fuiste muy lejos?