—Muy lejos, con la Virgen...

—¿Y quién te trajo?

—Un ángel... un ángel muy hermoso.

—¿Qué nombre tiene?

María, con un beso en la boca de la nena, dijo con devoción:

—Se llama Lali...


Un tren silbando acometió las hoces donde la tempestad repercutía con bárbaros lamentos de aguas y de huracanes; negreaba el camino hendido por culebras de luces iracundas, semejando una escena del fin del mundo.

Diego Villamor asomaba á las tinieblas hostiles el abismo azul de sus ojos de artista, sintiendo que las hoces eran otros tantos dientes monstruosos que á mordiscos le estaban devorando... Atrás quedaba el valle sumido en la neblina de una nube atristada; y cuando, al cruzarle, alzó el río su estruendo más alto que los silbos del tren, creyó el poeta escuchar en las aguas, mezclados y confusos, los ayes de Tristán, las congojas de un alma fugitiva, y los adioses, rotos y dolientes, de un amor en tortura... Después, los truenos, el Besaya y el tren se dieron á gritar, juntos y locos, las enormes tristezas de la vida, acunando al viajero como á un cadáver con una marcha fúnebre...