—¡Cielo santo... una lluvia de poetas!... ¡Esto es intolerable!

Entonces, Eva Guerrero dijo con aires de suficiencia:

—Diego Villamor es también un gran novelista... Acaba de obtener un éxito ruidoso con su obra Almas sedientas. La alta crítica le ha consagrado maestro de la novela contemporánea... Dicen que va para académico... Le espera un porvenir brillantísimo... Ya lo habrán ustedes leído en los periódicos...

Casi todos los contertulios dijeron que sí, alabando mucho las altas cualidades del poeta cántabro.

Sólo Clara, con cierta hostilidad hacia la bella apologista del vate, murmuró desdeñosa:

—Yo estoy muy al tanto en cuestiones de alta crítica, pero no he oído nombrar nunca á «ese» Villamor...

Se iniciaron algunas sonrisas. Doña Manuela fué en apoyo de su hija para defender al paisano ausente, y como quien hace el más acabado elogio de un caballero, expuso:

—Es un buen partido.

Acentuóse el regocijo de la tertulia con estas ingenuas palabras, y para disimular la risa que le retozaba en los labios, dijo Luisa Ramírez: