Loqueaban Isabel y Benigna embromando á Rafaelito, que estaba callado y mustio, y Clara Infante, un poco distraída, miraba con obstinación hacia el recodo lejano del jardín.
Por aquel lado apareció Rosita la doncella portadora de un ramillete de pálidas flores otoñales. Ella también partía aquella tarde para su aldea, á esperar en vano al andante caballero de sus quimeras. La preciosa carita de la muchacha estaba algo llorosa; bien temprano aquel día pagó la inocente cinco duros, casi todo su capital, por una burbuja de ilusión. Camino de Madrid iba Nenúfar en un coche de tercera, dispuesto á sumergirse de nuevo en la oscuridad, hasta que una ventada de la suerte le trajese otra vez á los salones para escribir melosas crónicas y recitar versos.
Ofreció Rosita las últimas flores del jardín á la marquesa y á sus hijas, sin reservar ninguna para Clara.
Desde el lujoso tren, la señorita se inclinó hacia la moza, y le pagó el desaire con estas palabras crueles:
—Espérale sentada... ¡idiota!... ¡ya estás fresca!...
Vivamente, replicó Rosita á media voz:
—Vaya usted corriendo á ver si le alcanza... que yo no le he dado más que cinco duros...
Partió rápido el automóvil como si al conjuro de aquella réplica mordiente volase en pos de algo muy precioso y difícil de rescatar, perdido, tal vez bajo las hojas que en la arbolada ribera tejieron al amor dulces doseles, hojas agostadas ya como un despojo de muertas alegrías...
Quedaron solos, frente á frente, Rosita y López, á la par de la verja.
Dentro de la quinta preparaba el viaje á Madrid la servidumbre, precediendo á los señores, y las puertas se plegaban con estrépito en la muda quietud de las fachadas.