Por decir algo, acertó López á decir:

—Perfectamente...

Y bajo la densa brumazón del horizonte, flotaron, como un comentario maligno y sentimental, una sonrisa y un suspiro de Rosita la bella...

LIBRO SEGUNDO
CAMINOS DE DOLOR

I

—¡Qué guapa eres!—le decía el niño levantando hacia ella el pálido semblante—¿Por qué yo, madre, no tengo como tú la cara de color de rosa?... Cuando vamos por la calle todos te miran y te echan flores... ¡Eres tan linda..., tan alta..., tan fuerte!...

Y en la vocecilla apasionada del pequeño tembló con las últimas palabras una inconfesa ambición de fortaleza y poderío..., el oculto dolor de su debilidad enfermiza y achacosa.

No advirtió Eva que un acento apesarado lloraba secreto en las ponderativas frases de aquella infantil devoción.