Aceptó el homenaje de su hijo con sonrisa enigmática y, sin contestar á la pregunta triste, murmuró:
—Sí..., muy linda..., muy fuerte... ¡y muy elegante!... Hace un año que llevo puesto el mismo vestido...
Y rió con acritud, bajo una torva mirada que recorrió la estancia, posándose con hostilidad en el humilde mobiliario.
—Ya lo sé—dijo el niño con precoz razonamiento—, es que papá gana muy poco y somos pobres... Pero no te pongas triste, que si yo crezco ganaré mucho más que mi padre y te compraré muchos vestidos y muebles y adornos... Ya verás..., si yo me pongo bueno..., si me hago un hombre...
Y quebróse la voz prometedora en un silencio pensativo, como el compás de espera de una música doliente.
A los lados de la carita, bella y lánguida, los rizos nazarenos cayeron sobre los hombros débiles del niño, con una ondulación sombría, que hizo más intensa y lamentable la blancura anémica del rostro.
En los profundos ojos de Tristán, africanos y hermosos como los de su madre, brillaba una extraña ansiedad, mezcla de altivez y de miedo.
Atenta la señora á sus íntimas preocupaciones, tocada en el corazón por otros cuidados, no reparó en la macilenta expresión de la criatura ni se dolió de aquella traza lamentable más que para decir:
—Te pondrías bueno si fueras los veranos á una playa..., si tomaras los costosos reconstituyentes que te mandan los médicos..., si tuvieras regalo y diversiones como otros niños delicados... Así..., con la vida de mendigos que estamos haciendo..., te morirás...
—¿Que me moriré, dices?—clamó el niño—¿Es de veras, madre?... ¿Dices de veras que me voy á morir?... ¿cuándo?... ¿pronto?... Tengo miedo, mamá; mucho miedo..., mucho frío..., no quiero, no quiero morirme...