Y se refugió, loco de terror, en el regazo de su madre.

Dulcificóse en ella la fiera sonrisa y se amansó el acento indómito, al recibir al niño sobre su corazón.

Acariciándole, con blanda voz sumisa, le calmaba:

—No te asustes, hijo; lo he dicho... por decir... Tú sanarás... serás alto y fuerte como yo... ganarás mucho dinero, y entonces viviremos juntos y solos... seremos felices...

—¿Y papá?

—«Ese»—pronunció Eva con lenta voz cortante y helada—tiene bastante compañía con sus coplas... le dejaremos en paz con la poesía...

—¿Y no le daremos nada de nuestra riqueza?

—No le hace falta, tonto... Para soñar y llorar y componer poemas, con una mesa de pintado pino ya es feliz tu padre... Nada le debemos; mira lo que él nos da... ya ves cómo nos abandona... Vivimos años hace en este horrible piso interior, sin sol y casi sin aire... yo no tengo ropa decente que vestirme... tú no tienes remedios eficaces para tu enfermedad... comemos mal... pasamos una vida miserable y odiosa...

Apenado el niño por aquel relato acusador, que ya de otras veces conocía, preguntó impaciente:

—¿Y por qué á mi padre le gusta soñar y llorar?... ¿Lo sabes tú?... ¿Estará también enfermo como yo, ó es que no quiere trabajar?