En vibrante discurso, que el niño era incapaz de comprender, la dama, enardecida en sus querellas, fué diciendo:

—¿Trabajar?... no sabe... no quiere... está fuera de este mundo... padece «el mal sagrado de los poetas», el estúpido «mal de Leopardi» y otros locos por el estilo... una enfermedad muy cómoda, sin duda, pero que debía estar penada por las leyes... por lo menos en los hombres casados... porque mientras ellos plañen y suspiran, y en traza de orates escrutan los misterios humanos y divinos, su casa se empobrece y su familia arrastra una existencia vergonzosa...

Hablaba Eva con furia mal contenida, con despecho mordiente, y sus magníficos ojos radiaban soberbios bajo un liviano cristal de lágrimas.

Iba entrando la noche despacito por la estancia; avanzaba sigilosa por los rincones, y prendía su manto invisible encima de los muebles y los muros.

Miraba Tristán muy pensativo cómo las impalpables tinieblas iban creciendo en torno.

Ya sólo á la vera del balcón se tendía, moribundo y cobarde, un retazo de claridad.

Levantó el niño la meditación de sus ojos sobre los vidrios descubiertos, y detuvo la tímida ansiedad de su mirada en un pedacito de cielo hermoso que aparecíase clemente, al borde de un tejado vecino.

También Eva, en inconsciente persecución de la luz, había vuelto su rostro enojado hacia la azul maravilla...

Todo el cuarto quedó en la sombra, y el niño se había dormido, escalofriado y suspirante, en los maternales brazos.

Alzóse Eva del sofá con la carga leve y penosa del hijo enfermo, y le acostó con cuidado en la cama, abrigándole solícita.