Inclinada sobre él, quiso observarle, un poco alarmada por el creciente abatimiento de la criatura, y por el febril sopor que le postraba, cada tarde atormentado y quejoso.
Era la oscuridad casi completa, y la madre sólo vió, bajo el manto sin pliegues de la sombra, blanquear la menuda carita como un exvoto de cera, yacente en un altar negro.
Apartóse de la cama con movimiento brusco y otra vez se dejó caer en el sofá, colérica y agitada. De nuevo su alterado rostro volvióse hacia el jirón celeste que se asomaba en lo alto de la vidriera.
Suspendido sobre la negrura del gabinete, el pedacito azul de la excelsa mentira, daba al silencioso cuadro una nota de luz y de alegría, tan lejana, tan pequeña, de tan desgarrador contraste, que Eva no pudo sustraerse al influjo de aquella intensa impresión, y rebelde al dolor sombrío de su pobre estancia, clavó con reto audaz sus endrinos ojos en la remota promesa celestial. Largo rato, con brava expresión, estuvo desafiando á la divina esperanza del horizonte. De pronto se levantó, brutal y amenazadora, y cerró con un golpe violento las maderas del balcón. A tientas volvió al sofá, hundióse en él desesperada, y rompió á llorar ruidosamente... Sentíase impotente contra la infinita tristeza que de aquel imposible azul descendía sobre su vida oscura.
II
Giró la puerta con precaución, y se encendió en el gabinete un globo de luz roja y tímida.
Demudado y ansioso, Diego preguntó en el dintel:
—¿Por qué lloras así?..., ¿qué sucede?, ¿está el niño peor?