Alzóse Eva altiva entre sus gemidos, y tras la cortina de su llanto brilló fugitivo el gozo cruel de verse sorprendida en aquella desolación que justificase una escena borrascosa entre ella y su marido.
—Pasa lo de siempre—contestó en son de guerra—, que esta vida es intolerable y que el niño se morirá por tu culpa.
—¿Por mi culpa?—balbució Diego—, ¿tú sabes lo que dices, mujer? ¿Tanto me odias que pretendes infamarme con el más horrible de los delitos?
Hablaba sorda y amargamente, y se le fué acercando bajo la indecisa luz de la lámpara, como magnetizado por el abismo de los tenebrarios ojos que le acechaban.
Cada vez más erguida y arrogante, Eva repuso:
—No, si yo no te odio... Si lo que yo tengo de ti es lástima..., mucha lástima... Me pareces sencillamente ridículo con tu aire de doctrino y tus debilidades infantiles.
—¿Pero qué es lo que quieres?..., ¿qué exiges de mí?... ¿No hice cuanto pude por darte la felicidad?...
—Buena felicidad la tuya... Un amor desharrapado y miserable que sólo sabe suspirar..., un hogar mustio y frío, asilo de toda pobreza..., un espíritu temblón y cobarde, lleno de preocupaciones y timideces... Guarda tu felicidad y saboréala tú solo... Yo no la quiero.
Retrocedió el artista avergonzado y trémulo, como si aquellas frases descomedidas le abofeteasen el rostro... Con herido acento murmuraba: