—¡Ah criatura malvada y pequeña!..., ¡cómo sabes meter el puñal en el corazón y apretarle allí clavado!... ¿Por qué antes no te conocí como te conozco ahora?... Te amé como un insensato... Tus ironías, tus burlas, me desgarraban el alma dulcemente... Te entregué el tesoro de mi fe y de mi amor para que tú lo arrojes con desprecio...
—Injúriame, ya que no puedes disculparte—gimió ella indómita.
De nuevo el marido avanzó desesperado.
—¿Injuriarte yo?... Si digo la verdad... la triste y tremenda verdad... ¡Cómo te he querido, mujer!... ¡Todavía te quiero!... ¡Si tú supieras lo que sufro... lo que sufro por ti!...
—Yo no tengo ventaja ninguna con tus sufrimientos sentimentales, inútiles... lo que quiero es no sufrir yo...
—Pero, ¿qué me pides?... He trabajado con perseverancia y con afán; si no he vencido siempre, si no he llegado hasta donde tú querías, no soy el responsable de mis fracasos... Tal vez si me hubieras alentado con ternura y con piedad... si me hubieran sostenido en la lucha tus manos con amor...
—Cúlpame de tu incapacidad, de tu apocamiento... ¡cúlpame... anda!—le interrumpió Eva provocativa.
También él le clavó entonces una mirada desafiadora; y de cerca, muy de cerca, echándole á la cara las palabras, atropelladas y punzantes, afirmó:
—Sí, te culpo... Te culpo del fracaso material de nuestra vida... del callado divorcio de nuestras almas... Yo quería ponerte tan en alto que ni un soplo de dolor ni de tristeza pudiera alcanzarte... Soñaba para ti una felicidad nueva, una vida colmada de goces... Al fundar este hogar, pensaba en mi hijo... en el hijo que ya presentía... quería hacer con él y contigo una obra de arte humano... Pero tú has roto mi corazón, has destrozado mi destino... has sido el enemigo malo aposentado en mi casa y alimentado con la sangre de mis venas. Buscaba en ti el calor de un alma profunda y escogida, la dulce compañera que me ayudase á caminar, que completase mi naturaleza y compartiese conmigo el pan y la sal de la vida... y sólo hallé en tus brazos desdenes y egoísmos... ambiciones, mezquindades... Sometiéndome á tus caprichos, erré en mis vocaciones artísticas... me desorienté y me perdí... Robaste mi serenidad para el trabajo, me empujaste, anulado y decaído, perdida la fe y la salud... Derrochaste el modesto patrimonio de mis padres... has sembrado en mi casa la discordia y en mi hijo la semilla del desamor... Y aun te quejas... aun te alzas contra mí como una víbora y me llenas el corazón de veneno...
Fuése la culpable respaldando en el sofá, y por un momento la sorpresa de aquella formidable acusación la contuvo silenciosa y despreciativa, hasta que de nuevo se refugió en el llanto como en la única defensa de su derrota.