Desahogando en lágrimas su coraje, lloraba con fuerza, lloraba con rabia, con el rostro bellísimo entre las manos.

El hermoso cuerpo, desmazalado sobre el diván, se estremecía con la dura congoja. Aquellos senos divinamente modelados, aquella cintura flexible, doblábanse bajo el peso del busto tembloroso. Toda la peregrina fábrica de la opulenta figura, libre y tremante bajo la suave estofa de la bata, se retorcía con angustia...

La desencadenada tempestad de gemidos despertó al niño de su letargo febril. Abrió los ojos asustado, y con incertidumbre de pesadilla levantó el pávido semblante sobre la escena dolorosa.

Diego, vuelto de espaldas, había entreabierto la puerta del balcón y miraba al cielo con el alma transida de dolor y de cólera.

En lo alto de la vidriera, al borde del vecino tejado, la luna pálida y redonda giraba en el pedazo de quimera azul...


III

Largos meses habían corrido sin que Eva y María se visitaran.

Recién casadas las dos, habíanse tratado con alguna intimidad en su primera temporada madrileña.