Después Eva fuése retrayendo de la amistad de María sin razón ni pretexto.

Veíanse con frecuencia en casa de los marqueses de Coronado, pero, en secreta hostilidad, Eva se distanciaba de su gentil paisana con débil disimulo.

A medida que aquélla consumía con irreflexivo alarde el pequeño patrimonio de su marido, dolíale con más acerba humillación la fastuosa existencia que disfrutaba María, y mal dormidas memorias de antaño levantaban entre ambas mujeres un sutil y firme valladar de pasiones.

En nadie como en María envidiaba la ambiciosa morena el lujo seductor y la aparente felicidad...

Al morir doña Manuela, con afectuosa compasión quiso María olvidar el inexplicable alejamiento de su amiga, y en las horas de duelo la acompañó, sencilla y buena.

Pero aliviado el luto de su madre, disculpóse una y otra vez Eva de asistir á fiestas ni reuniones en el primoroso hotelito de la calle de Goya, y encerróse también María en prudente reserva, sin menudear sus visitas á la calle Vicálvaro.

Ultimamente, la amable señora oyó en casa de sus tíos unas tristes lamentaciones sobre la situación de Eva y Diego.

Decíase que agotada en absoluto la herencia del esposo, había llegado la miseria á visitarles con todo su fatal cortejo de pesadumbres... Que Diego, acobardado ante la perspectiva de tener que sostener con la pluma una difícil apariencia de bienestar, trataba de emigrar á América en busca de mejores mercados para sus producciones literarias... En pugna con sus aptitudes artísticas, tentado por la codicia del lucro ó por el aguijón de la necesidad, había estrenado en el teatro obras ligeras y vulgares, que fracasaron sin ruido ni esperanza... Se agotaba y se consumía el poeta en la redacción de un periódico, oscurecido y afanoso, elaborando pacotillas amenas y efectistas informaciones, para llevar á su casa un pedazo de pan ingrato... Mostrábase Eva esquiva y ceñuda, y el niño, enfermizo siempre, decaía amorbado y mustio, cada vez más lastimoso...

Todo esto se habló en «un lunes» de los marqueses de Coronado, al extremo del salón donde se habían reunido algunas personas que conocían al desgraciado matrimonio.

Entre ellas estaba María, que escuchaba, callada y triste, el relato que la curiosidad glosaba con efímera condolencia: «¡Pobre mujer, tan hermosa!»... «¡Pobre muchacho, tan artista!»... Así decían unos y otros á flor de labio, maquinalmente, sin que ninguna frase naciera de un piadoso latido del corazón...