También Gracián, que se apoyaba negligente en una artística columna, lanzó á la conversación su breve comentario.
—Lástima de mujer—dijo.
Y un relámpago de ruin maquinación brilló en sus ojos atrevidos.
Sólo María, la silenciosa y bella, abrió el alma á la compasión de las relatadas amarguras.
Las saboreaba enternecida, pensando: Les falta lo que á mí me sobra, y yo carezco de lo que ellos tienen... pero mi pobreza no lleva remedio como la suya... Yo quisiera darles alivio y consuelo... Eva nunca me ha querido bien, pero sufre, sufre mucho y acaso podré alegrarla... Además, Diego es mi amigo de toda la vida... el buen amigo que en el alto valle me buscaba las rosas más bonitas, y para mí componía las más dulces canciones... Vivían entonces mis padres... yo era niña y feliz... ¡hace ya mucho tiempo!... Luego, él y yo hemos llorado tanto... ¡pobre Diego!...
Y esta final exclamación de su íntimo coloquio, la exhaló en un suspiro.
Pasaron sus manos un poco temblorosas encima de su frente, como plácida nube de bonanza que bajo los dorados rizos serenase un amago de tempestad.
También sobre el cielo de los ojos pasó «la nube» y los dedos largos y finos descendieron hasta la falda un poco húmedos.
Un vozarrón atronante le dijo casi al oído:
—¿Lloras, María?