Volvióse á sonreir á su primo Rafael, murmurando:

—¡Qué he de llorar!...

Y decidió en su corazón aquietado ya, y siempre generoso: Mañana, con motivo de la enfermedad del nene, iré á ver á Eva.


IV

Tenía Tristán una amiguita, una niña parlera y alegre que, cierta tarde, le fué á visitar acompañando á una señora joven y rubia, muy hermosa, que se llamaba María.

Cuando la dama y la nena entraron en el modesto gabinete de la calle de Vicálvaro, un sugestivo perfume de vida elegante se expandió en la estancia, y Eva se ruborizó con el bochorno de su pobre ajuar... Mirando en torno, quedó confusa y disgustada, sin agradecer la visita.

Abrazáronse las señoras con mutua cortedad, mientras los dos niños se amistaban con la mirada y la sonrisa, y se eclipsaban, cogidos de la mano, por la casa adelante...

Con alguna precipitación, dijo, al sentarse, María: