Prodigaba á todos una sonrisa el simpático López, mientras Pizarro hacía un desabrido gesto de protesta.

—En Madrid abrasa el calor... aquí se tiembla de frío... La naturaleza es una eterna paradoja... ¡Y luego quieren que los hombres seamos razonables!

Las muchachas que estaban al otro extremo del salón habíanse acercado al grupo de las personas «serias». Sólo una joven, rubia y hermosa, vestida de blanco, se quedó sentada junto á la reja mirando al jardín.

Teresita había mudado de silla varias veces. No podía estar cinco minutos en el mismo lugar, y á través de toda la sala iba dejando ayes de fastidio.

Las dos niñas de la marquesa embromaban á Pizarro ofreciéndole una manta, un ponche caliente, una pastillita pectoral...

Asomóse Clara á una de las ventanas abiertas sobre la gran avenida de Las Palmeras, y á poco volvió la cara hacia el salón, anunciando:

—Aquí está Eva, con su madre... Las acompaña Galán.

Cuchicheaban las muchachas malignas y curiosas.

—Están de acuerdo...