XII
En casa de los marqueses de Coronado se discutían las ventajas de veranear aquel año en la quinta de Las Palmeras.
Había opiniones diversas y empate en la votación del proyecto, porque la marquesa y su hijo abogaban por la conveniencia de una temporada de reposo en la saludable y hermosa playa norteña, mientras que Isabel y Benigna, torciendo el gesto, preferían adolecer públicamente de alguno de los achaques de moda cuya curación se inicia en Vichy, avanza en Carlsbad, se consolida en Baden, y luego se reproduce al año siguiente como pretexto de una nueva peregrinación por los balnearios preferidos entre los incurables enfermos que el ocio y la abundancia producen.
Como no llegasen los de Coronado á una avenencia en sus discusiones, Benigna propuso con aire retozón:
—Podemos consultarle á papá el caso...
Todos, sin disimulo, rieron la gracia, y fué cierto que don Agustín recibió la consulta. Tomó en serio su intervención en las decisiones familiares, y galantemente votó en favor de la marquesa, que apoyaba sus deseos en el motivo poderoso de hallarse muy cansada y abatida para emprender un veraneo de lujo.
Era verdad que la dama había perdido su proverbial buen humor; mostrábase desmedrada y triste, y hasta un poco devota.
Decíase que, últimamente, desconfiando ya del poder de su hermosura, que iba en declinación, su íntima existencia licenciosa tenía horas de tormento desesperado.
Decíase que Luis Galán, después de haberla consagrado algunos años de constancia, había cortado traidoramente sus relaciones con ella, apenas logrado un importante favor en dinero de la «amorosa» incorregible, que no se llamaba en vano Generosa de la Dádiva.
Pero ¡suelen «decirse» tantas cosas!...