Sólo se sabía con seguridad que la marquesa rezaba mucho y estaba alicaída; y que Luis Galán había desaparecido del círculo elegante llamado la «buena sociedad madrileña», donde la sonrisa inalterable de aquel buen mozo mereciera privilegio de patente exclusiva.

Ya decidido el viaje á la Montaña, hubieron de resignarse á él las señoritas de Coronado y hasta trataron filosóficamente de buscarle atractivos.

Evocaron las risueñas jornadas de la quinta, que hacía siete años se habían deslizado como un sueño en la juventud inquieta y turbia de las dos hermanas.

Del tumulto de sus memorias surgía con extrañeza y singularidad aquel recuerdo de un solo estío, de playa modesta, entre jardines melancólicos y brava costa, y desfilaban con un penetrante aroma de juventud alegre las imágenes de todo aquel verano tranquilo y dulce, sin grandes cotillones, sin aventuras sonadas, meses raros y fugitivos que brindaron á la agitada vida de estas dos mujeres un alto apacible y una ráfaga bienhechora de salud y poesía. Desdoblando pensamientos y membranzas con una vaga tristeza y una remota ilusión, Isabel y Benigna quisieron á todo trance adornar de promesas el porvenir, y se miraron una á otra desconfiadas y marchitas, sin brillo los ojos y sin risa los labios.

Con el presentimiento de un fracaso, lentamente formaron las dos hermanas un plan de invitaciones y un programita de fiestas. Era preciso atraer hacia el arenal cantábrico un buen plantel de amigos alegres, y prepararse una agradable temporada en Las Palmeras.

El recuento de amistades disponibles para este caso suscitó desconsoladoras memorias y arrojó un total de nombres nuevos en nuestra narración. Ni uno solo de aquellos que en la hospitalaria quinta hemos conocido estaba al propicio alcance del iniciado convite.

Clara Infante, casada con un banquero catalán y separada de su marido al mes de la boda, viajaba á la sazón por el extranjero, bien acompañada, según decían procaces lenguas.

Pizarro, el famoso descontentadizo, había vuelto, desilusionado como nunca, de un largo viaje á las Américas y, en protesta bizarra á sus reniegos contra todos los países y todas las civilizaciones, trataba de tomar parte en una expedición al Polo Norte, y vivía encerrado en el cuarto de una fonda, sosteniendo fantástica correspondencia con unos señores noruegos y una dama rusa, que eran de la partida en proyecto. La sinrazón de sus antojos hacíale olvidar que tiritaba en el estío cantábrico y que hasta los más dulces climas eran hostiles á su intemperancia.

El poeta de ocasión, Nenúfar, no había logrado salir á flote de su reciente naufragio social y con prudente discreción se había eclipsado en el horizonte luminoso de sus amistades aristocráticas.

Las señoritas de Coronado no ornamentarían su salón montañés con la belleza rubia de María Ensalmo, ni con la morena hermosura de Eva Guerrero, y tampoco Teresita Vidal llevaría á Las Palmeras la nota extraña de su juventud aburrida y achacosa. ¡Pobre Teresita!...