Cuando las hojas cayeron, dos años hacía, su entierro blanco y pomposo bajó lentamente por la calle de Alcalá buscando el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena... Piando inquieta y saltarina como un pajarito, había dado el salto mortal una tarde de otoño, quedándose repentinamente inmóvil en el sofá donde se rebullía fastidiada y quejosa.
La trágica quietud dejó en su rostro aniñado una mueca de hastío, y en sus labios irónicos unas gotas de sangre descolorida.
Con más vanidad que misericordia la vistieron un traje de gala, espléndido en encajes y flores, tan escaso en el escote y en las mangas como sobrado en la cola... Encajes, flores y telas, junto con la carne mísera, todo ello se acomodó con desahogo en un metro de ataúd, porque el cuerpo de Teresita, que siempre fué endeble y menudo, entre las garras de la muerte quedóse tan pequeño y mermado, que era casi imposible suponerle veinticinco años de edad. Las amigas de la joven recordaban con terror aquella postrera visita que le hicieron al borde de la gran cama imperial, bajo la macilenta luz de los cirios crepitantes. Sobre el engalanado cadáver de Teresita, la mundana adulación, que ni á los muertos respeta, lanzó una frase en son de halago: «parece una novia»... Aquella lisonja servil sonó á comparación impía y burlesca, con crueldad de sátira, allí donde la muerte, abrazada á una miserable figurilla de mujer, ponía espanto y atrición en los más insensibles corazones. Isabel y Benigna no pudieron olvidar su pavor y su asombro al cerciorarse de que aquella muñequita de cera, encogida y helada, insensible y dura á la sérica delicia del vestido admirable, era la vivaracha y mimosa Teresita Vidal. Y al pensar en las invitaciones para un nuevo veraneo en Las Palmeras, en la memoria triste de las antiguas amistades quedó flotando la visión de aquel metro de ataúd lujoso, de aquel entierro blanco que en la dulce tarde otoñal pasó por la vida hacia el lívido misterio del sepulcro.
XIII
Arrancándose el recuerdo de tan medroso lance, dijo Isabel á su hermana:
—De aquel año feliz que memoramos, sólo una amiga encontraremos en la costa: Luisa Ramírez...
—Y un amigo, López—repuso Benigna sonriendo.
—Sí; queda López «todavía», y... ¿quién sabe?...—murmuró Isabel con singular acento. Cambiando de expresión, exclamó después: