—Tienes razón; eres maga.
Una risa pícara y sagaz comentarió el coloquio.
XIV
Sobre el cristal zarco de los cielos ni una nube pasaba.
La tarde, en su lenta caída, se desmayaba en el horizonte, como si el mirífico celaje la detuviese con un largo beso de despedida...
Gracián aparentaba dejarse llevar por Lali, que le tiraba del brazo con impaciencia, repitiendo:
—Es por aquí, anda; si tardamos un poco más se habrán marchado.
Sonreía el caballero, y tarareaba en voz queda una liviana canción aprendida entre los bastidores de un teatrillo.