Y cuando el montañés ha bajado de las cumbres, piensa que es un poco tarde para buscar novia; está receloso y torpe, no atinaría con las blanduras del cortejo y los cuidados de la elección.
—Me quedaré así—gruñe con pereza, contemplando la vida desde lejos, como si aún remontase las alturas de la serranía, a una distancia forzosa del hogar y del amor.
Pero hay un descontento en el alma de este hombre, una melancolía que no le impide cantar a los sones del clásico rabel, durante las fiestas aldeanas, ni repetir en las tertulias de invierno, con rostro divertido, los romances pastoriles de envejecida memoria.
La desazón de Gil, oscura, no muy sensible ni punzante, viene originada de un entusiasmo fiel y humilde por Dulce Nombre, aunque el mozo ignoró siempre que no acertaba a sustituir por otra la imagen de la niña de Rostrío. Y aquella devoción, apenas consentida por quien la profesa, devorada al través de la juventud, persiste aún, como el perfume de una rosa que se ha llevado el aire: es el astro ya muerto, cuyo resplandor alumbra todavía.
Nada de esto conoce definitivamente el criado de Nicolás; pero tal vez, con ayuda del propio sentimiento, lo adivina el señor y sorprende la esencia y la luz del sosegado cariño, que era un día el sueño más hermoso de Gil, el cual sabe muy bien cómo el padrino adora a su ahijada y cuánto sufre porque no es dichosa, arrepentido de haberle facilitado el casamiento. No comprende qué clase de adoración es la del hidalgo y la juzga honda y paternal, no por eso menos viva que otra cualquiera.
A Hornedo se le escapan a menudo frases crueles contra Malgor porque vive demasiado, para sacrificio de su esposa; y censuras contra Martín que no repara en los sinsabores de su hija.
Y el pastor va recogiendo estas lástimas, las comenta y las glosa con indefinible semblante.
—Yo creí que «ella» se había acostumbrado al marido.
—Nadie se acostumbra con gusto a lo que no ama.
—Pensé que a fuerza de tiempo...