—Es peor.
—Como tienen una chiquilla...
—No es bastante.
—La pobre se acordará del otro... ¡le quería tanto...! No se me puede olvidar la cara que puso una noche en el molino cuando le dijeron que se marchaba.
—Sí; ¡se acuerda de él!—murmura Nicolás con acerbo tono.
Así, entre amo y servidor, el culto a la muchacha es un lazo secreto, un motivo de fraternidad que nunca se deslinda: la mezclan en sus conversaciones sin nombrarla, aludiéndola de un modo tácito, indudable, y la sienten al lado suyo cuando están callados y solos en la intimidad hospitalaria de la casona.
Esto sucedía muchas veces antes del viaje del señor y se repite ahora mientras Gil hace abarcas en el portal y Rosaura se oscurece en las honduras de la torre.
El abarquero pule su tronco a horcajadas en el banquillo y Nicolás se detiene junto a él cuando regresa del jardín, mediada la tarde calurosa y florida.
Se abre el porche montañés en la fachada principal, bajo el carasol ancho y tendido, con alero de gola y canalones ruidosos. La arcada, de dos curvas magníficas sobre un recio pilar, sirve a Gil de taller, en uno de sus extremos salpicado con el ripio.