Allí azuela y taladra el pastor si no tiene ocupaciones más importantes; la madera es del amo, las abarcas de quien las necesite, el importe de las mismas pertenece al obrero sin que nadie se lo dispute, que al amor de los buenos linajes es donde suele adquirir más privilegios el señorío del trabajo.
A la vera del picadero hay un sillón desvencijado, amplio y noble, que sostiene bien a Nicolás cuando gasta un rato de palique al son del taladro y de la legra. Teme el caballero que sus concesiones democráticas respondan únicamente a la levadura mezquina del instinto, y se deja llevar, con pesadumbre, de una virtud libre y generosa, como si obedeciese a un maleficio. En cada labrantín de Luzmela ve un pariente abandonado, un heredero posible de la torre, y a cuantos coloca cerca de él la casualidad, los trata con suma condescendencia, dentro de su extraño carácter, como a éste, a quien llaman todavía «el pastor».
Juntos están, silenciosos y pensativos, cuando se abre la portalada y aparece en el umbral Encarnación la de Cintul, ligera y radiante, con una carta en la mano.
—Vengo a decirle al señorito que ya salió Manuel de la Habana, según lo que aquí me explica, y debe estar si toca o llega el barco que le trae.
Gil da un respingo y se queda mirando al señor, que recoge la carta, forzosamente, la desdobla y la mira bajo la torsión violenta de los pensamientos, sin leer ni razonar.
—Ya lo sabe Dulce Nombre—pronuncia muy despreocupada la madre feliz—; estaba ahora en el molino y se lo conté... ¡Quedóse más blanca...! ¡Pobretuca...! Se desazona para que no se entere don Ignacio, pero digo yo que siendo socios allá entre sí, le habrá escrito dándole la noticia. ¿Y de qué vale el secreto si cuando llegue Manuel le ha de visitar...? ¿No le parece, señorito?
—Sí, claro; es inútil—balbuce Hornedo, atormentando la carta, que al fin devuelve a su dueña.
—¡Ay, Dios mío, quién lo había de decir...! ¡Mire que volver el mozo hecho un señor, con posibles y salud, y no encontrarla viuda todavía!
—¡Mujer!
—Yo deseo que la haga venturosa porque se lo debe todo, todo; si no es por ella nunca hubiese encontrado medios para llegar a rico.