—Se lo debe a Malgor.

—Por causa de ella...

—Y de él.

—Bueno, sí; pero un individuo tan enfermo ¿qué hace en el mundo?

—Vivir.

—Desengáñese, don Nicolás, que usted mismo habrá pensado más de cuatro veces en lo mucho que se consume la esposa de un tísico viejo, cuando ella es joven... y la están esperando.

—Hoy la quieres porque es rica; niña y enamorada la despreciaste...

—La quiero porque me hizo un gran bien y se lo debo pagar... La quiero porque la hice sufrir...

Encarnación reblandece su acento con unas lágrimas que pudieran convertirse en sollozos.

—¡Ay!—alude siempre lastimosa—. Procura la infeliz que su marido no se altere; dice que le haría daño esa impresión...