—Es la verdad.
—¡Pues de algo nos tenemos que morir!
—Cuando Dios quiera...
—Si esto le mata... ¡será porque lo quiere Dios!
Las palabras de la madre se han vuelto a endurecer. No le gusta que la contradigan. Y se despide con acritud al través del corral, desplegando la carta como una bandera victoriosa.
Sigue inmóvil el barreno de Gil. Nicolás hunde el bastón en la doladura de las abarcas; tose, muy agitado; está palidísimo y se le acentúan las estrías morenas de la piel.
También se acentúa el color angélico de las nubes por encima de las montañas. La bóveda suprema luce una santidad mística y azul, evocadora: desde el porche no se ve más paisaje que el de las cumbres y el cielo.
El pastor suspira, toma la azuela y la clava, sañuda, en el tronco de nogal. El hidalgo se pone de pie, afirma en el suelo la cachava y dice sombríamente, con la voz un poco temblorosa:
—Voy a dar una vuelta por ahí...