IV
RENUNCIAMIENTO

Sale irresoluto, con la necesidad imperiosa de moverse y desgastar su inquietud en un violento ejercicio. Y en cuanto abre la puerta blasonada del cortil, siente la caricia tónica del bosque, embravecido al acoso de la nueva vegetación.

Con el sombrero en la mano, el rostro descolorido y mudable, se deja Nicolás prender en la maraña de la ruta. Anda muy de prisa y se detiene luego. Le parece que hay en la sombra un temblor misterioso. Por los claros del ramaje entra el sol aterciopelando los musgos, poniendo en el césped unas medallas de estremecida claridad.

El hidalgo escucha como si temiese una asechanza o una persecución, y no oye más que esos rumores peculiares de la selva; zumbido de alas, susurro de hojas, derrame de simientes y de pétalos: el roce de la maravilla en los oídos humanos.

Se presienten las lontananzas al otro lado del bosque, libres del secreto de los árboles y de la espesura de los toldos; pero Nicolás prefiere la reserva de estas entrañas donde todo es abismo, como en su corazón. Tiene aquí la vida un sordo murmullo apasionado, muy conforme al espíritu en tortura del caminante. Viene el silencio de afuera con la serenidad de la serranía y el calor de los horizontes: la tarde en el campo está callada bajo el inexorable azul.

Y el eterno diálogo de los seres y las cosas se refugia en el ansar irruptor, lleno de voces arcanas y sensibles.

Hay una más fuerte y distinta, que se levanta sin descanso: la del Salia, desfallecido en el estiaje, pero siempre molinero y espumoso en el bosque de Luzmela.