Esta voz, permanente y honda, gravita sobre el hidalgo y le lleva hacia la frescura cercana del río, por el hilo frágil de los senderos. Ya no se puede sustraer al hallazgo de la corriente; sube por la orilla mazorral, palpitante y ligero como las aguas, abriéndose paso con el bastón; se hunde en la maleza salvaje, se punza con los abietes, sin perder el rumbo ni moderar la marcha. El río le saluda y recibe en cada melodía, rápido y voluble, siempre nuevo y extraño, recogiendo toda la gracia y la expresión de la tarde. Y el hombre siente aquella vida agitada en sus venas como una misteriosa trasfusión de eternidad.
De pronto el Salia ahonda su lecho en la resonante zubia del molino, sobre una lera de matorrales, que saca del bosque uno de sus costados para extender la finca de Martín. Pasa el río debajo de la aceña, toca el huerto y las brañas sativas, hoy tendidas de sábanas de flores, y se vuelve a meter entre los árboles a lo largo de la hoz.
Hornedo se detiene con la selva, indeciso, como si le amedrentaran la anchura y la luz, y después de un instante de vacilación, sigue el vero del cauce hasta la presa, rozando las ventanas del edificio.
Desde una, abierta y solitaria hace un momento, le llama Dulce Nombre. Y ha sonado su voz muy ansiosa bajo el claro estrépito de los saetines.
—¿Adónde vas?
El padrino levanta la cabeza vivamente, y responde, esforzándose en aparecer sereno:
—«Iba»... paseando.
—¿No entras?
—Si tú quieres...