La muchacha no descubre la insinuación inevitable de aquella actitud. Está preocupadísima. Reflexiona un poco y decide:
—No: aguarda: voy a salir.
Se asoma a la puerta despidiéndose de Camila con una urgente recomendación, y no saluda a Nicolás, se acerca a él como si acabara de hablarle y de verle mediante la franqueza de los tiempos dichosos: como si no hiciera muchos años que vivían distantes y afligidos por una desconfianza irreductible.
Ahora, de repente, sin que ella misma lo sepa, vuelve a ser la rapaza de antes, segura del buen amigo. Se le apoya en el brazo con abandono filial, y le pregunta:
—¿Viste a Encarnación la de Cintul?
Al hidalgo le sobrecoge un gran estremecimiento. Trae la mujer consigo como una fragancia propia el olor suave y caliente de la molienda, tiene el incentivo y la sensualidad de una fruta, viene temblando de esperanza y de anhelo, empujada por el vendaval de su pasión. Y se le aproxima ciegamente, le clava las saetas de los ojos, le sacude, y repite:
—¿La has visto?
—Sí.
—¿Te enseñó la carta?
—Sí.