—¿Y qué dices?
—¿Qué voy a decir?
—Me tienes que ayudar.
—¿A qué?
—A portarme como debo.
—Eso, tú...
—¡Ah...! ¿me huyes otra vez?
—¡Niña...!
Llevan el mismo derrotero que trajo Nicolás, sin que él lo note. La muchacha le conduce a la selva porque es su camino acostumbrado; pero no busca la trocha bárbara junto al río, sino que se dirige a los senderos más dóciles y frecuentados por la gente, duros también, henchidos con el crecimiento lujurioso de las plantas. Y van despacio sobre la campiña ardiente que da entrada al molino. Desde la puerta de Martín les mira Alfonsa la de Paresúa, présbita y curiosa, muy vencida por los achaques de la edad. En las ventanas se agrupan otras mujeres atisbando a la pareja, ensordecidas por la bataola del trabajo: han sorprendido el gozo y la carta de Encarnación, como la palidez repentina de Dulce Nombre, y les aturde el soplo del adivinado secreto.