—No sé nada—responde Camila a las indiscretas consultas, sin que en realidad se haya enterado de lo que sucede.

Allá fuera los que suscitan estos comentarios se paran en la linde de los árboles.

Dulce Nombre ya no guía al padrino ni se estrecha contra él. Sofocada, ceñuda, le hunde siempre en el rostro las lanzas de las pupilas, y repite, briosa, la última palabra que Nicolás había pronunciado en son de protesta:

—¿Niña...? No soy una niña; soy una mujer, muy infeliz, sola en el mundo: contaba con tu apoyo... ¡y me le niegas!

—No estás sola: tienes padre.

—¿Un hombre que me vende, que ni me acompaña ni me ayuda?

—Tienes marido.

—¡El que me disteis!

—Y una hija.