—¡Tampoco!

—¿Eh?

—Tengo un amor que me vuelve loca: eso es lo único firme y seguro de mi vida... Nadie me lo ha impuesto; ha venido él de todas partes... no sé por dónde...

Señalaba la moza ampliamente a los confines, con gesto iluminado, como si abarcase en su ademán toda la mies engrandecida por los frutos; los montes solemnes, azules, sagrativos, y la tierra abrasada de los cielos.

—Tenía—dijo después con torvo reproche—una amistad: la tuya... Me la has quitado y estoy sola con el amor, sola y desesperada.

Echó a andar por el bosque sollozando.

—Si te basta ese amor, ¿de qué te quejas...? ¡Yo no tengo ninguno!—murmuró Nicolás tan dolorido que la muchacha se volvió a mirarle.

Ya les tomaba la penumbra del arbolado, olorosa y movible. Toda la selva, pujante, sacudida como un inmenso corazón iba hacia ellos acogedora y fraternal. Y aquella frescura, aquel abrazo recibido bajo el peso del sol, les produjo un inesperado consuelo. El vestido claro de Dulce Nombre, las caras descoloridas, recogieron la luz verde y serena del paraje. Andaban los dos amigos con lentitud uno al lado del otro.

—No me basta el amor—pronuncia Dulce Nombre compasiva y humilde—puesto que necesito la amistad. ¿Por qué no me tratas como antes, cuando no podías vivir sin mí?