—¡Ni puedo ahora!—dice el hidalgo con lúgubre tristeza.
Dulce Nombre, enternecida, avisada por un presentimiento insondable, robustece de nuevo su fe en el padrino.
—Mira—le dice—no hablemos nunca más de nosotros. Nos queremos como siempre, ¿verdad? Tú me enseñas y me riñes lo mismo que si aún fuera chiquitina... Oye, por Dios, atiende: ¿Qué hago al llegar Manuel Jesús? Quiero ser buena; que nadie sufra por mí; que tú prepares a Malgor para que la noticia no le perjudique... ¿lo harás?
—¡Pero, mujer!
—Sí; lo haces; y me aconsejas, me sostienes en esta horrible lucha que no se acaba... Ya ves: todos los plazos se cumplen... menos el mío.
—¿Cuál?—pregunta Hornedo estremeciéndose.
—¡El mío!—repite ella; la voz, encruelecida, se le queda súbitamente rota. Y después de un silencio penoso, exclama—: ¡Ni quiero que se cumpla!... No, yo no deseo nada malo...
Parece que habla consigo misma, frente a su conciencia, rechazando la dañosa tentación.
Nicolás no la interrumpe. Acaso las palabras que pudiera decir se le ahogan en el sufrimiento. Asiste como único testigo a los combates de aquella mujer, impulsiva y cándida, sin defensa contra su pasión. El abandono en que la ve le estimula a socorrerla por encima de los celos, con olvido de la propia desdicha: no es posible que deje a la amada sola en la pendiente, al borde de las malas ocasiones.