La recuerda niña y curiosa, asomada con él a los misterios del espíritu, llevada por su mano varonil al través de los campos, en traza de exploradores los dos, sorprendiendo los ruidos inefables, hora por hora, desde el alba a la estrella, en los ágiles caminos del monte y en las sendas entrañables de la mies. Así aprendió la criatura a vivir alerta y sensible, escuchando la inquietud apasionada de las hojas en el bosque; la dilatación de las raíces en la tierra; el estallido de los capullos en el rosal. Se hizo clarividente; resonó como un arpa en las manos campesinas del solariego, para que todas sus percepciones y su avidez se convirtieran en un amor hondo y triste lo mismo que la gleba secular: el maestro no supo abrir a su discípula otro rumbo tramontano y redentor.
Y hoy la sigue como un culpable de aquel delito, clavado con ella en una misma cruz. La quiere salvar y pide a este buen propósito el mayor esfuerzo de su vida: porque si él la defiende honrada y pura, será para que la despose Manuel Jesús en cuanto a Malgor le baste con un lecho de tierra.
Ya está Dulce Nombre a la orilla de su casa.
Con un sacrificio heroico de que se creía incapaz le promete Hornedo cuanto ella suplica.
—Sí; mañana vendré a visitar a tu marido y a decirle con precauciones que llega ese muchacho.
—Y cuando se presente, estarás aquí.
—Estaré.
—Dios te lo pague.
Le tiende las dos manos, efusiva y él corresponde lo mejor que puede al saludo.