—Adiós.
—Hasta mañana.
Como en otra ocasión inolvidable la ve Nicolás hundirse en la arboleda y permanece allí extasiado, envuelto en el perfume que sale del jardín.
Pero hoy no le desatinan el despecho y la venganza; su pena adquiere un matiz sabroso de ternura, y se honra con el orgullo consolador de las altas acciones; ha dominado el miserable instinto: encima del Amor ha puesto el Bien. Siente impulsos de rezar, miedo de no seguir con bastante arrogancia el abnegado camino.
En la solemnidad religiosa de la tarde, caen unas horas como gotas cristalinas desde la copa metálica del campanario.
Las recibe Hornedo en son de aviso: hay que llevar las pesadumbres adelante, como Dios manda.
Y mira de frente la senda extendida a la torre: hacia el renunciamiento y la soledad.