Pleno mes de agosto; noche veraniega y radiante que parece moruna.
Goza Cantabria los mejores días de su belleza, en que se lucen todos los prodigios de que son capaces aunados el calor y la humedad. Y esta plenitud de gracias tiene en el cielo un manto de centellas por donde sube la luna a desatar la sombra cuando se ha puesto el sol.
Dulce Nombre acompaña a su esposo en el jardín, arrepentida de haberle dejado por la tarde mientras estuvo en el molino.
Precisamente hoy la busca él con obstinada cautela, y la vigila de un modo tenaz; juraría que le ha visto los ojos más impacientes que nunca, la expresión más enervada y peligrosa. Hasta llega a decirla, suponiendo que esconde su cuidado:
—¿Qué te sucede?
—¿A mí...? Nada... ¿Qué me va a suceder?
—Temí que estuvieras inquieta... esperando alguna cosa.
—No, no.