Quedan mudos y tristes, envueltos en la mutua desconfianza. Él pone los ojos allá arriba donde mueren los astros que nadie sabe cuándo han nacido. Piensa con incertidumbre en la eternidad, como en algo inseguro, y nota que se miran, temblando, las estrellas: acaso tienen miedo de caerse, de apagarse, de extinguirse...

Dulce Nombre las contempla a su vez soltando el vuelo de la imaginación de unas a otras, como si pretendiera así llegar muy lejos, detenerse encima de un barco, descubrir un horizonte sobre el mar.

Cuando fué al puerto a recoger a la niña halló crecidas la marea y la luna, soberbio y espumoso el oleaje; la galerna fermentaba sus cóleras y un inmenso quejido recorría el Cantábrico. Anduvo la joven por la playa recelando de las olas y las nubes, castigado el rostro con el viento amenazador que retoza en las arenas.

Ya se decía en el valle que estaba Manuel Jesús a punto de regresar, y Dulce Nombre se volvió a su casa bajo la excitación de un nuevo suplicio, desconfiando también de los temporales. Muchos días se agitó alcanzada por toda suerte de preocupaciones; pero no aconteció el arribo que tanto la sobresaltaba, ni el tiempo borrascoso realizó sus anuncios.

Y apenas la moza conseguía un respiro en tales ansias, la iba a sorprender Encarnación con la noticia indudable, comunicada a veces entre el ruido encubridor de la aceña, con un secreto lleno de mímica y de claridad: la carta en la mano, la alegría y el orgullo en el semblante; la mirada y la sonrisa escapándose por el salón, reveladoras y enigmáticas a la vez.

Ahora Dulce Nombre sabe de cierto que el amado viene; acaso ya descubre la ribera a la luz de esta luna cismontana, aparecida en el valle amorosamente, como un regalo nupcial. Y le espera en la orilla una marejada apacible, jubiloso el despilfarro de las olas, convertido el sable rubio en un tapiz de honor.

Se amortiguan como en un ensueño las tribulaciones de la moza: ya no desconfía del mar, aquel vecino indómito y gigante a quien oye a menudo rugir; todo es bonanza bajo la fantasía que en el viajero aguarda al novio, y en la luna recibe una joya de esponsales.

Pero este encanto se rompe de improviso. Una voz fuerte y varonil, algo maligna y alterada, quiebra el silencio:

Es amor en la ausencia