como la sombra,

que cuanto más se aleja

más cuerpo toma;

amor es aire

que apaga el fuego chico

y aviva el grande.

El cantar, expresivo y certero, rasga el espacio igual que una saeta.

Dulce Nombre se estremece como si despertara de un sueño esplendoroso, y ve a su marido acechándola, lívido y callado.

Ella adivina en el cantor al antiguo rabadán, el habitante de la sierra vestido de zahones, camarada rudo y fiel de los tiempos alegres, un poco enamorado de la niña de Rostrío.

La constancia de aquella adhesión, que aun vive y se duele de las coplas nocturnas, incita a la muchacha a meditar sobre el presentimiento que por la tarde tuvo, sugerente y extraño, indeciso igual que un fantasma. ¿Nicolás Hornedo la había querido siempre como un padre o como un hermano?