Ella, tan perspicaz y conocedora en medio de su sencillez, nunca sospechó de aquel hondo cariño. No obstante, hoy se le ofrece la duda con insistencia, alumbrada por multitud de recuerdos y comprobaciones.

Todas las veleidades del padrino con la ahijada a partir del casamiento, obtenían una explicación rotunda a la claridad repentina de la sospecha. Y a Dulce Nombre le penetraba en el espíritu cada memoria con punzante lucidez llena de admiración. Sentía una lástima aguda y tierna por el amigo triste, por el hombre solitario y doloroso.

Otra canción de Gil, más distante, desvaída en la sombra, punza en la sensibilidad de la mujer: la noche entera le habla de amor y se ciñe a su carne ardorosamente como una inmensa caricia.

Entretanto el esposo enfermo ha recogido la copla intencionada y la rumia con desesperación, lastimado por el hechizo de esta hora bella y dulce, tan propicia a la felicidad.

Está el parque hecho de un pedazo del bosque: su brava tierra de ansar y de lerón florece a las orillas de los árboles, cultivada con blanduras de jardín. Se deslíe en el suelo la sangre de las rosas que languidecen, mareadas por su propio perfume: llega del río un suave murmullo; tiembla en el viento el alma vegetal de las plantas; un hálito de vida estalla silencioso a cada instante.

Malgor piensa con terrible congoja en la cava profunda del sepulcro hasta donde no alcanzan los veranos. Y se levanta de la silla, pálido y siniestro, para dirigirse a su casa.

—¿Te quieres acostar?—le pregunta su mujer con distraída solicitud.

Nada responde, como si ya tuviera la boca sellada con un puñado de arcilla.