VI
EL PAPEL AZUL
Entre la servidumbre del indiano ocupa Tomasa un caritativo lugar, acogida por Dulce Nombre con más benevolencia que afecto.
No se ha casado la antigua vecera del molino porque nunca halló un novio, y sigue viviendo enclenque, precaria de salud y de fortuna.
Como no es agradecida se complace en espiar a su protectora, augurando los dolores que padece y las esperanzas que no consigue. Se alimenta del mal ajeno, goza con que otros sufran, sobre todo si la víctima es una mujer lozana y bella como la de Malgor.
Esta noche ha sorprendido el aire extraño de los esposos, y mientras ellos se recluyen en su alcoba abierta al jardín, se desliza la intrigante como una alimaña en las habitaciones de abajo, próximas a la cuadra y al corral, para desde allí recoger el soplo de los caminos escuchando a la gente que va por la carretera.
Al caer la tarde ya se supo en el pueblo que Encarnación había llegado al molino con mucha prisa, portadora de una carta cuya secreta lectura conmovió a Dulce Nombre de un modo extraordinario.