—Deseo hablar con ella.
—Es imposible: el señor está hoy más adusto que un juez, y al subir del parque los dos, se han cerrado muy serios en su dormitorio.
Encarnación sonríe con sabiduría maliciosa:
—¡Vaya, a ese le pican los celos!
—Sabrá que viene tu hijo.
—No lo digo por tanto... ¿Quién se acuerda ya de aquellos amores?—soslaya la madre con raro disimulo.
—Se acuerda la interesada.
—¿Qué sabes tú?
—Se lo conozco. ¿Leo en el giro de las aves y no voy a entender a las mujeres?