—¡Sí que eres sutil!
—No te burles; de sobra comprendes la verdad.
—¿De qué?
—De esa afición.
—¡Ni que fuera bruja!
—Y te entiendes con la enamorada—pronuncia la chismosa, implacable, sin ofenderse por el retintín de las alusiones. Le reluce el tono claro y frío de las pupilas, que adquieren una dureza de metal: el alma torva enseña el pálido color de su envidia—. Hay hombres—añade acerbamente—que no se cansan nunca de querer.
Viendo el trastorno maligno de Tomasa olvida la de Cintul su inusitada prudencia. Conoce que no debe fiarse de aquella mujer, pero la quiere castigar aumentando el ruin despecho que la consume, y responde:
—Uno de esos que dices es Manuel.
—¿Y es cierto que viene?