La de Cintul vacila un momento; la idea del gozo que puede transmitir la enternece.
—Mira—decide—no le hables de ello, que tal vez no le guste; sino que a solas, sin que nadie lo vea, le das este telegrama—y toma de su bolsillo un papel azul, con mucha solemnidad.
Tomasa desaparece muda y presurosa, empuñando la misiva como un arma siniestra, en tanto que la madre del viajero emprende la retirada un poco descontenta de su resolución.
Instantes después una mano febril llama en la alcoba matrimonial. Abre la puerta Dulce Nombre y ve a su criada sonriendo con perfidia.
—¿Qué quieres?
—Este parte ha traído Encarnación la de Ayuso.
—¿Para mí?—dice temblando la joven.
—¡Naturalmente...! Es la noticia de que ha desembarcado Manuel y mañana viene a Cintul.
En vano Dulce Nombre intenta apagar aquellas frases dichas con una voz alta y dura. Ya están clavadas en Malgor, que se yergue sobre el canapé donde reposaba y estira el brazo maquinalmente, con un movimiento ansioso y defensivo, como si quisiera cerciorarse del anuncio y detenerle sin recibir su daño.
—¡Trae!—balbuce.