Su mujer se interpone entre la mano descolorida y el malévolo impulso de la sirviente; pero ésta consigue entregar el telegrama.
Entonces, bruscamente, sufre el indiano la presión terrible en el pecho, la repentina violencia de su grave enfermedad. Se le demuda el semblante de una manera angustiosa; entre los dedos flojos se desprende el papelillo azul y cae a los pies de Dulce Nombre.
Ella se inclina consternada sobre el enfermo, recibe en los ojos el brillo opaco de unas pupilas que se hunden en la oscuridad, y le llama afanosa; no quiere que perezca así, empujado por una mala intención, padeciendo la última desconfianza.
—¡Ignacio, Ignacio, escucha... atiende...!
Hace el moribundo un gesto espantoso, asoma entre los labios una hirviente espuma de color de rosa y queda rígido, inmóvil.
—¡Está muerto!—gruñe Tomasa con aspereza que no descubre ni un átomo de caridad.
Se propuso únicamente hacerle sufrir, aventarle los celos y las dudas para que descargara su enojo en la esposa. Y el muy estúpido la dejaba libre cuando la venía a buscar el amor, cuando ya podía ser a un tiempo honrada y feliz; ¡aquel hombre la había jugado una mala partida a su humilde servidora!
Miróle con desdén, y extendió su despreciativa injuria a Dulce Nombre, que permanecía quieta, amarilla como un cirio, sin alcanzar toda la magnitud de las crudas palabras: ¡está muerto!
Mas, de súbito, se incorporó cautelosa, enconada por los ojos crueles de la víbora; fuese hacia ella, dominándola con el brío y la estatura, y la obligó a salir del aposento:
—¡Vete, infame...! Sal ahora mismo de esta casa... ¡fuera de aquí!