La dejó evadirse, escondida en la penumbra de los corredores. Cerró la puerta, acercóse al cadáver y le puso en la frente un beso lento y dulce, el único espontáneo y cariñoso de su vida conyugal.

Después, con una flexión cauta y ligera de la cintura, levantó de la alfombra el papel azul, leyólo ávidamente y le ocultó en el pecho, entre los frunces del vestido...


VII
LA LIBERTAD

Toda la noche velaron a Malgor sus íntimos camaradas de la niñez: Martín Rostrío, Antón el campanero y el señor de Luzmela.

Acudió este último, como los demás, a la grave noticia de la desgracia, y permaneció allí, atado por el deber, cohibido por diversas repulsiones.

Le amedrentaba el difunto... Muy lejano el cariño infantil que le unió al compañero en la escuela y en la mies, aquella memoria hubiese, no obstante, servido para tolerar con estimación al hombre que le arrebataba el patrimonio: debía humillarse a la suerte; y nunca fué el indiano un logrero de escasa justicia, sino un rico de mucha fortuna. Pero Nicolás, desinteresado en los bienes materiales, no le perdonaba al amigo que se hubiera apoderado también del alma de la torre, la niña prometedora hecha una adorable mujer. Y al llegar de improviso junto al muerto, sólo sentía la náusea y el terror que produce la carne agostada, a punto de corromperse.

Tenía el cadáver la boca dura y entreabierta, las pupilas cuajadas en el contorno de las órbitas. Con las manos heladas, inflexibles, sostenía un rosarito de coral, la última prenda entre los dedos siempre blandos, suaves como el algodón en los estuches de las joyas. Vestido según le sorprendió la muerte, conservaba un sello de humanidad mucho más expresivo que el de las mortajas prevenidas. Era el mismo hombre que poco antes vivía y penaba adorando celoso a una mujer y que ya se deshacía insensible, ciego y mudo, sin preocuparse del cercano rival.