Mirábale Hornedo muy absorto, acallando su invencible rencor para evocar el espíritu errante de aquella criatura, oculto en el arcano de la otra vida: quisiera hundir los ojos en la eterna sombra que todo lo sabe y averiguar si el hálito incorruptible de Malgor seguía ardiendo por Dulce Nombre mientras el cuerpo se le congelaba próximo a desmoronarse en espuma cenicienta. Y le pungían sensibles sus más hondas tribulaciones, porque sentía muy cerca los pasos de la amada, que no quiso acostarse, vigilando el gabinete mortuorio sin posar en él, solícita y respetuosa.

Cuando llegó el padrino entre varias personas serviciales, procuró decirle ella lo que había pasado con el telegrama fatal.

En un extremo del pasillo le habló reservadamente, bajo una turbación nueva para el hidalgo. Se expresaba sin mirarle, franca y retraída a la vez; quería contárselo todo a la claridad de su genio translúcido, y refería la vileza de Tomasa con mucha indignación, mientras delataba un descanso gustoso para el tormento de su juventud. No hubo fingimiento hipócrita en la voz ni en el ademán: Dulce Nombre descubría, como siempre, su condición intrépida, instintiva, afrontando los caminos libres, con ansia de vivir, de una manera luminosa, igual que antes abrió el pecho a los sinsabores revelando su acidez.

Pero sus frases diáfanas se envolvían en un recato especial y su actitud en un tenue rubor desconocido para Hornedo. Y la escuchaba él confuso, imaginando que la nube casi imperceptible de aquella expresión obedecía a la novedad y la sorpresa de las circunstancias; quizá al prurito de celar un poco la interna ventura.

—Ya se cumplió tu plazo—le dijo, crudamente, viendo huir sus propósitos de renunciamiento. La tenía a su alcance, hermosísima y tentadora, libertada para otro hombre; y la mocedad que había malogrado en las crisis de su pasión, le pedía una cuenta apremiante al choque violento de aquella hora.

Estaban junto a una ventana que transcendía a la esencia resinosa de los pinos y al vaho de la tierra caliente; remansaba la noche bajo el parpadeo fogoso de los astros, al arrullo del Salia, claro y vibrante como una lira de cristal.

La viuda del indiano escondía los ojos trigueños sin responder a su padrino, que volvió a decir, honda y fuerte la entonación:

—Ya se cumplió tu plazo, ¿no me oyes?

—Sí.

—Y el destino te devuelve a Manuel Jesús.