Era la voz tan dolida y entrañable, que la joven alzó la mirada, y allí mismo, a la luz candorosa de la luna, se convenció del trágico secreto en las pupilas hambrientas de Nicolás.
—Ya hablaremos—silabeó, azoradísima—. Tengo ahora mucho que hacer y no es buena ocasión...
Antes de terminar esta vaga respuesta había desaparecido en la sombra del carrejo para entrar en el cuarto de su hija y estarse al lado suyo consolándola, hasta que se durmió cansada de llorar.
No se oyeron más gemidos. Dulce Nombre, seria y diligente, atendía a las necesidades póstumas de su esposo, preparando las galas del entierro, la cuantía de los sufragios espirituales y otras cosas lúgubres y precisas.
Aunque tenía ayuda, quería intervenir en cada gestión, y su vestido blanco, el mismo que lucía por la tarde, rozaba a menudo las distintas habitaciones con aire volandero y fugaz.
La servidumbre, las visitas oficiosas, y hasta los veladores del muerto, comentaban en voz chita, o en lo recóndito de la conciencia, su observación de que la viuda tuviese los párpados enjutos, y que en el rostro, hermético y esquivo, no mostrase una huella solemne de pesar.
—¡No llora!—se decía Martín, contrariado.
—¡No grita!—pensaba Antón, con mucho asombro.
Una vecina cuidadosa se acercó a decir a la interesada:
—¿Quieres que te busque un traje de luto?