—Mañana me lo pondré—contestó—, corre más prisa lo que estoy haciendo.

Y siguió trajinando, activa y perseverante.

La veía Nicolás de través en los espejos, atisbándola detrás de las puertas, sorprendiendo su voz, canora y dulce, adelgazada en el pliegue de los «escuchos»; su andar rítmico y gentil, su figura armoniosa. Pasaba junto al dormitorio que había compartido con Malgor, sin entrar en él, celándole al reflejo amarillo de los blandones, y se alejaba para volver más tarde a detenerse un momento en el propio umbral, con extraña fascinación...


Ya tramonta la luna, al caer moribundo de las estrellas. Se apagaron todas las luces de la casa menos las temblorosas de los cirios. Por los balcones, abiertos de par en par a la frescura de los campos, entra el remusgo del amanecer.

En el triste camarín unas mujeres interrumpen sus rezos comentando la llegada de Manuel Jesús. Saben que ha desembarcado, y no faltan alusiones a la situación de su antigua novia.

—Ahí la tiene, linda y fresca lo mismo que la dejó al marchar.

—Más en sazón; que entonces era demasiado rapaza.

—Y con buenos miles que hereda hoy.