—Dios lo quiera.

—No ha de crecer la hija tan llana y sin vanidad como la madre.

—¡No!

—Le gusta que la llamen señorita y se da mucho tono...

Olvidados los padrenuestros, se critica, también, la ingratitud de Tomasa, que en el momento del infortunio abandona el hogar donde ha recibido tantos favores.

—No tuvo ley ni a su propia madre.

—Es descastada como ella sola.

—Y medio hechicera: había dicho que el cárabo rondaba por aquí en barruntos de muerte.

—Como tiene la sangre traidora no adivina más que pesadumbres.