—¡Así medrará...!
Los hombres de la velación han salido de la estancia para tomar café y marcharse luego. La viuda se decide a descansar un rato: es un pretexto para retirarse.
En la pieza solitaria que ha elegido como albergue, se abre un antepecho dominando el ansar. Desde allí, cuando la selva está desnuda, se distingue el molino, albo y lueñe, constante imán de los recuerdos que solicitan exaltados a la enamorada.
Hoy no se descubre por este balcón más que la gasa oscura del follaje, la silueta algariva de los montes, la curva pálida de las nubes donde resplandece solitario un lucero imperial: todo ello entrevisto al claror naciente de la madrugada, cuando se agudizan todos los rumores y baja el cielo al río con la primera luz.
Corre una orilla fresca; se remecen las hojas y los musgos; una canción inefable suena en el bosque, sube a las colinas y se extiende por los confines: está hecha con trinos de los pájaros y balbuceos de las aguas.
Dulce Nombre tiene los ojos clavados en la aurora y recibe el saludo de cuanto renace a su lado. Ve cómo unos ampos de claridad rubia se posan en las calvas de la sierra; el valle parece de oro: a la mujer se le enciende toda la esperanza con el sol.
De pronto una posa fúnebre rompe con su tristeza el hechizo sagrado de aquellos minutos. Es que Antón, el campanero, cumple en la parroquia su deber.
Las comadres que charlaban entre rezos junto a Malgor, han dicho en doliente despedida:
—El Señor le tenga en la gloria...